Un viaje a Cuba, y más concretamente a La Habana, puede ser una experiencia mucho más enriquecedora que pasarse el día tomando el sol, bebiendo mojitos y disfrutar de la animada música que envuelve cualquier rincón de la isla. Y si bien, no hay que renunciar a ninguno de esos placeres, se puede aprovechar la ocasión para ver otras cosas.

Foto: Flickr.com

Una de ellas puede ser visitar el Museo de la Revolución. Cuando entremos, veremos, como en otras muchas visitas cubanas, que los extranjeros pagamos bastante más que los lugareños. Bien, es una práctica extendida, que aunque tiene evidentes explicaciones económicas, no deja de molestar y provocarte complejo de que no eres más que una cartera forrada de billetes.

Una vez que estamos dentro, tenemos varias opciones. Una puede ser pasear por las diferentes salas del museo, que en otro tiempo fue el Palacio presidencial del derrocado presidente Batista. Así, al mismo tiempo que caminamos veremos vitrinas con infinidad de objetos históricos que recuerdan el episodio de la revolución.

Otra opción sólo es apta para aquello apasionados del castrismo, ya que consiste en leerse los muchos carteles propagandísticos que relatan los sucesos inmediatos, contemporáneos y posteriores a la propia revolución. Sin duda, para quién entre con ese espíritu será una experiencia única, ya que se podría decir que todo el museo es un gran panfleto sobre los inspiradores de la revolución: los hermanos Castro, el Ché y Camilo Cienfuegos.

Y la tercera opción, es visitar el museo con cierto ojo crítico. Apreciar el exceso de demagogía, e incluso plantearse como un revolución social se ha convertido en algo tan personalizado. Sólo un ejemplo: se exponen pelos de la barba del Ché. Cuando lo vi, me recordó a las reliquias de los santos.

Sólo pongo estas tres opciones, habría una cuarta para los totalmente contrarios al castrismo. Pero ésos, supongo que no llevan idea de visitar el museo.

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